martes, 3 de enero de 2012

El comienzo de la imaginación

En 1899 ya habíamos aprendido a dominar la oscuridad, pero no el calor de Texas. Nos levantábamos de noche, horas antes de amanecer, cuando apenas había una mancha, añil en el cielo oriental y el resto del horizonte seguía negro como el carbón.
Nos levantábamos siempre a esas horas, porque nos encantaba mirar el horizonte desde lo alto de una montaña. Ya hacía días que nos levantábamos a esas horas, porque oímos un documental en la radio, y nos encantó como lo explicaba el locutor, era como si estuviéramos en ese sitio pero sin estar físicamente, aun que estuviéramos a cien mil quilómetros nos  imaginamos a ese horizonte, pero desde la lejanía. Un buen día que fuimos a lo alto del monte, nos encontramos con que estaba todo nublado y con lo cual que no podíamos ver nada, ni a un lado ni al otro, ni arriba ni abajo…Todo se veía del mismo color: gris, ese color es bastante saturado, con el que no te gustaría nunca volver a ver en el horizonte de ese mismo color, no porque no nos guste el gris sino porque nosotros lo que queríamos era ver todo el horizonte tan bonito des de la punta del monte. Así que nunca no volvimos a subir ahí arriba (en el monte), porque  para ver este color, mezclado en el horizonte que es tan bonito, pensamos que lo mejor  sería no volver a subir al mismo monte, así que nos mudamos y nos fuimos para Australia, ya que es el país con menos montes del mundo.

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